
Como en aquella canción de Presuntos Implicados titulada Cómo hemos cambiado, versionada claro, por la pandemia:
Ah, cómo hemos cambiado
Qué lejos ha quedado,
Vernos los labios pintados
……….
Y lo mejor que conocimos
El Covid separó nuestros destinos
Que hoy nos vuelven a reunir
Distanciados y enmascarados,
Y quizás ya pronto vacunados.
……….
Ah, cómo hemos cambiado
Sitiados y alertados
Ah, ¿qué nos ha pasado?
¿Qué hemos olvidado?
Quizás lavarnos las manos…

Es obvio decir que este dichoso virus nos ha cambiado. Ha hecho que mutemos también nosotros transformando nuestros horarios, destinos, trabajos, rutinas, salidas… y un sinfín de interminables costumbres, tradiciones y actos sencillos, que ahora son impensables o al menos, poco aconsejados.
Hemos cambiado. Y si me apuras… ¡Qué bien que lo hemos hecho! Porque eso quiere decir que somos unos afortunados por seguir vivos, por haber conseguido despistar a ese mal nacido Covid-19.
Nunca hay que subestimar al enemigo, y menos si es el malo de los superhéroes: más que enano, invisible y siempre con ganas de hacer daño.
Hemos cambiado. No nos enteramos ya… de los que tienen mal aliento o les canta el sobaco. A los primeros porque van como nosotros: encapsulados detrás de una mascarilla, llevadera y cariñosa con frío, pero insoportable al sol o corriendo tras un balón. Y de los segundos, nos separamos sin saber si huelen a alcanfor o al último perfume de Christian Dior.
¡Menos mal! Que no sólo bicho malo nunca muere. También como dijo Ovidio: Nada hay más fuerte que el hábito. ¡Y así seguimos! Juntándonos con los amigos, tras “un chupito cortito que rápido hay que ponerse la mascarilla no sea que un aerosol con el virus baje planeando desde algún balcón y nos relegue a la posición de salida de mantita y la casa cerradita”.
Poco a poco dejamos atrás el miedo y la confusión y volvemos a ser los mismos que contaban chistes malos, ahora sobre virus, y siempre sobre políticos.
Pero, que levante la mano quién no haya cambiado algún hábito… Si es que en estos meses estamos usando más el codo, que el ser humano en los dos siglos anteriores. No sólo nos saludamos chocándonos el codo, ¡y mira que parecemos amorfos! También abrimos puertas con el codo… ¡Y mira que es incómodo! Estornudamos buscándole… vamos que no nos rascamos las orejas porque, de serie, no llegamos.

Somos los mismos… un poco trastocados en los bolsillos y con los horarios… ¡pero los mismos! Y sobre todo, para mal, no recordamos tiempos pasados… ¡Ale… una ola! A por ella… ahora ya no hay contagios… ¡A por otra!… Menos mal… ¡Que o nos vacunan o entre nosotros nos matamos!
Eso sí… obedientes. Pero siempre viendo una meta. Una bandera verde que nos recuerde que el verano está cerca y podremos volver a bañarnos.
Hemos cambiado. Quizás, antes apostábamos siempre con más fuerza y confianza, y ahora buscamos en las redes más información. Aseveración de que nuestro criterio es el correcto, el mejor.
Apostamos y seguimos jugando. Porque eso es como para un valenciano no comer paella, o para un asturiano, no terminar un cachopo de ternera. Algo impensable. Hemos cambiado. O más bien, modificado un poco nuestras costumbres.
Compramos en internet desde el codiciado papel higiénico hasta los 6 kilos de patatas como si nos fueran a llover del cielo clavos ardiendo y bajara Dios maldiciendo: ¡Os lo habéis buscado!… Sois malos… A esta plaga la seguirán la de las avispas asesinas y la de los lobos esteparios…

Menos mal que nos hemos tranquilizado. Seguimos comprando al por mayor, pero ahora pensando en chuletadas en el campo, y jugando más por internet, porque hemos comprobado que la suerte también se viste entre teclados y está conectada todo el año.
Quizás, por eso, estén triunfando las peñas virtuales para jugar a la Lotería, o hacer las Quinielas. Porque somos los mismos, pero ahora también sabemos jugar y relacionarnos solos, pero siempre acompañados.
Y por supuesto seguimos soñando.
Siempre con Loterías.
No te olvides de tu mascarilla… y ¡Suerte en esta semana!